22 feb. 2008
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10 feb. 2008
Arte y Pico... gracias Ispilatze
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7 feb. 2008
Certificado de existencia
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28 dic. 2007
2 de mis favoritos
3. Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.
4. Desdichado el que llora, porque ya tiene el hábito miserable del llanto.
5. Dichosos los que saben que el sufrimiento no es una corona de gloria.
6. No basta ser el último para ser alguna vez el primero.
7. Feliz el que no insiste en tener razón, porque nadie la tiene o todos la tienen.
8. Feliz el que perdona a los otros y el que se perdona a si mismo.
9. Bienaventurados los mansos, porque no condescienden a la discordia.
10. Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable
11. Bienaventurados los misericordiosos, porque su dicha esta en el ejercicio de la misericordia y no en la esperanza de un premio.
12. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ven a Dios.
13. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque les importa más la justicia que su destino humano.
14. Nadie es la sal de la tierra, nadie, en algún momento de su vida, no lo es.
15. Que la luz de una lámpara se encienda, aunque ningún hombre la vea. Dios la verá.
16. No hay mandamiento que no pueda ser infringido, y también los que digo y los que los profetas dijeron.
17. El que matare por la causa de la justicia, o por la causa que el cree justa, no tiene culpa.
18. Los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos.
19. No odies a tu enemigo, porque si lo haces, eres de algún modo su esclavo. Tu odio nunca será mejor que tu paz.
20. Si te ofendiere tu mano derecha, perdónala; eres tu cuerpo y eres tu alma y es arduo, o imposible, fijar la frontera que los divide.
24. No exageres el culto de la verdad; no hay hombre que al cabo de un día, no haya mentido con razón muchas veces.
25. No jures, porque todo juramento es un énfasis.
26. Resiste al mal, pero sin asombro y sin ira. A quien te hiriere en la mejilla derecha, puedes volverle la otra, siempre que no te mueva el temor.
27. Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón.
28. Hacer el bien a tu enemigo puede ser obra de justicia y no es arduo; amarlo, tarea de ángeles y no de hombres.
29. Hacer el bien a tu enemigo es el mejor modo de complacer tu vanidad.
30. No acumules oro en la tierra, porque el oro es padre del ocio, y este, de la tristeza y del tedio.
31. Piensa que los otros son justos o lo serán, y si no es así, no es tuyo el error.
32. Dios es mas generoso que los hombres y los medirá con otra medida.
33. Da lo santo a los perros, echa tus perlas a los puercos; lo que importa es dar.
34. Busca por el agrado de buscar, no por el de encontrar
39. La puerta es la que elige, no el hombre.
40. No juzgues al árbol por sus frutos ni al hombre por sus obras; pueden ser peores o mejores.
41. Nada se edifica sobre la piedra, todo sobre la arena, pero nuestro deber es edificar como si fuera piedra la arena.
47. Feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia.
48. Felices los valientes, los que aceptan con animo parejo la derrota o las palmas.
49. Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días.
50. Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.
51. Felices los felices.
"Fragmentos de un evangelio apócrifo" de Jorge Luis Borges, del libro "Elogio de la Sombra".
(No todo en la vida es Soda Stéreo y Cosmopólitan)
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13 dic. 2007
Recomendado
Anahí me mandó un Power Point sobre la obra de un pintor llamado Octavio Ocampo. A algunos se los reenvié por correo porque realmente me impresionó.
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2 dic. 2007
Feliz Cumple y... Salud!
El día que me ponga al día con todos los brindis que le debo a todos los seres queridos que cumplen años y están lejos... ese día... tendré que hacerme socio VIP de alcohólicos anónimos.
FELIZ CUMPLE ANDY!!!
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6 nov. 2007
La gente que me gusta - Dime de qué presumes y te diré de qué careces
Me gusta la gente con capacidad para medir las consecuencias de sus actuaciones.
La gente que no deja las soluciones al azar.
Me gusta la gente estricta con su gente y consigo misma, pero que no pierde de vista que somos humanos y nos podemos equivocar.
Me gusta la gente que piensa que el trabajo en equipo, entre amigos, produce más que los caóticos esfuerzos individuales.
Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría.
Me gusta la gente de criterio.
Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideales se trata.
Me gusta la gente de garra que entiende los obstáculos como un reto.
Me gusta la gente que no trabaja por resultados e intereses materiales.
Con gente como esta me comprometo a lo que sea, así no reciba retribución alguna, ya que con tener esa gente a mi lado he sido retribuido.
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7 ago. 2007
Tonta enamoradiza - de Fabio Posca
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5 ago. 2007
Free Hugs
Resulta que a este tipo se le ocurrio hacer un experimento, asi como todos podemos llegar a hacer alguna vez (léase: asi como capáz a mi se me ocurrio hacer un blog).
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6 may. 2007
Soy un lápiz
“Hay cinco cosas que debes saber antes de que seas enviado al mundo. Siempre recuérdalas y serás el mejor lápiz del mundo.
1. Siempre harás cosas grandiosas, pero solo si te dejas sostener en la mano de alguien más.
2. Experimentaras el dolor en algunas ocasiones en que te saquen punta, pero será necesario para que seas cada vez un mejor lápiz.
3. Tendrás errores, pero tendrán un borrador para corregirlos todos.
4. La parte más importante de ti es la que llevas dentro.
5. En cualquier superficie en la que seas usado, tendrán que dejar tu marca. No importan las circunstancias o las condiciones, deberás continuar escribiendo.”
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1 may. 2007
El abrazo (cuento de Ariel Diaz)
Llegó al bosque, donde se detuvo a escuchar los cantos de los pájaros; se enorgullecía de poder distinguirlos, de saber a qué especies pertenecían, y comprender si eran un reclamo de amor, la llamada a un pichón o el desafío de un macho. Con los bolsillos atiborrados de migas, bichitos y lombrices, quieto y con ambas manos tendidas, ofreció en las palmas, los manjares que las aves más audaces se atrevieron a comer.
De pronto sintió que lo observaban. Al volver el rostro se encontró con los ojos claros de un desconocido que lo miraba asombrado. Receloso primero, luego más tranquilo, ensayó un tímido ¡hola!, sin recibir contestación. Bajó la vista, molesto ante la fijeza de aquella mirada que parecía ver dentro de él, turbándolo hasta el sonrojo.
A los pocos minutos conversaba entusiasmado con el hombre —como camaradas de viejos encuentros—, de todo aquello que le gustaba: dibujar, escribir, soñar, y del amor a los animales y las plantas. Se sorprendió, porque ni con sus amigos más íntimos había logrado comunicarse tan espontáneamente.
Ambos continuaron trepando la montaña. Confundido por momentos, el chiquillo pensaba que estaba obrando mal. De acuerdo con lo enseñado por su madre y las maestras, no debía confiar demasiado en un extraño. Le habían hablado en forma vaga de hombres que buscaban niños para lastimarlos, y eso era algo que lo asustaba; pero al instante, los transparentes ojos del forastero y su sonrisa le hacían olvidar la desconfianza inculcada y se entregaba mostrándose entero, con sus gustos, sueños y temores.
Hasta habló de sexo y le pidió consejo, lo que no se había atrevido a hacer, a su madre por vergüenza, y a sus amigos por no afrontar las clásicas bromas que le hubieran hecho debido a su inexperiencia.
Si bien los momentos de desconfianza surgían esporádicamente, se diluían en la cada vez más profunda relación que se iba estableciendo. El desconocido parecía adivinar sus pensamientos y muchas veces completaba la frase por él comenzada.
Le preguntaba sobre los animales silvestres, la construcción del nido del reyezuelo, los colores de los jilgueros, el lugar donde ponían sus huevos los tordos, cómo se injertaban los rosales, la reproducción de las ranas. De pronto se encontraba averiguando cuál era la mejor edad para casarse y qué se hacía la noche de bodas. Todo lo quería saber, porque aquel hombre parecía el dueño de todas las respuestas; así le dijo que se casaría a los veintisiete años luego de recibirse de veterinario, y que sería muy feliz en su matrimonio con Paula. No le alcanzaban el asombro y el agradecimiento. Sus ojos permanecían muy abiertos. Escuchaba con atención cada palabra.
Charlando y riendo, llegaron a un estrecho puente que atravesaba una hendidura en la montaña. En la mitad del puente, con los ojos llenos de lágrimas, el desconocido lo abrazó.
Ante ese gesto de afecto inesperado, apareció nuevamente la desconfianza aprendida y el temor lo hizo reaccionar; se separó del abrazo empujando al hombre con fuerza hacia atrás. Éste trastabilló, intentó aferrarse del endeble pasamanos. Pero no pudo. Cuando el chico quiso remediar la situación tratando de sostenerlo, ya era tarde; caía en medio de un alarido hacia las entrañas del precipicio.
Luego de unos segundos durante los cuales quiso detener el tiempo y volver atrás, escuchó el golpe del cuerpo. Se hizo un silencio de muerte, angustia y soledad. El niño quedó solo, balanceándose en medio del puente.
Recuperado, intentó por todos los medios bajar a la parte más honda de la grieta donde suponía que estaba el hombre, con la esperanza de que por un milagro estuviese vivo. Casi había oscurecido y se hallaba muy adentrado en el abismo, pero sin poder llegar al fondo. Gritaba, ¡señor!, ¡señor!, ¡señor! Si alguien hubiese estado escuchándolo, habría pensado que llamaba a Dios. Con angustia, gemía, ¿por qué, por qué?, mientras resbalaba, lastimándose brazos y piernas.
Ya bien entrada la noche, cuando la madre, alarmada, después de buscarlo en casa de todos sus amigos iba a dar parte a la policía, lo vio llegar caminando por el medio de la calle, tambaleante, con la ropa destrozada, las rodillas y las manos rojas de sangre. Lo llevó a la casa, lo bañó, curó y arropó. Estuvo a su lado durante esa larga noche.
Recordaba como entre brumas los días siguientes. No quería atravesar la puerta de calle. Pensaba que en su cara se reflejaría el delito cometido. Casi un mes insistió su madre para convencerlo de su regreso a la escuela, pero la idea de que alguien pudiese encontrar el cuerpo y lo acusara del crimen, lo persiguió mucho tiempo, perturbando su sueño. Se volvió huraño.
Lentamente, volvió a ser para todos el chico amistoso, a veces un poco solitario, que había sido siempre. Para todos, excepto para su madre, quién, a través de sus ojos claros, percibía una angustia que su sonrisa no lograba ocultar.
Estudió con ahínco, finalizó el secundario y ya en la Capital, completó sus estudios de Veterinaria, se casó con Paula y tuvo cuatro hijos.
Poco a poco, creció en él un gran desasosiego. Como si en su vida le faltase algo por hacer. Sintió la necesidad de viajar a su pueblo para hacer frente al pasado.
No bien llegó, se dirigió a la montaña. Liberado a medias del sordo remordimiento que lo había acompañado tantos años, trepaba por la ladera mientras una sensación de felicidad lo iba invadiendo; evocaba las veces que había recorrido ese camino, cuando quería encontrarse a sí mismo. En el cielo, varios pájaros evolucionaban en órbitas reiteradas. Volvió a escuchar el chapoteo de los cascos del caballo de la noria en el barro circular, el rechinar de las ruedas, el fluir insistente del agua hacia el abrevadero. Llegó a un grupo de cinco árboles bajos de troncos retorcidos y reconoció su querido bosque; escuchó, nítidos, los trinos en la quietud de la tarde.
Lo vio a la vuelta de un peñasco. En el centro de un revuelo de pájaros, contempló con asombro la figura inmóvil de ese chiquillo con pantalones cortos y la camisa anudada a la cintura que, con las manos tendidas, ofrecía comida en sus palmas; cuando el pequeño se volvió, observó el pelo castaño sobre su frente y temor en sus ojos claros muy abiertos. Escuchó un tímido ¡hola! pero, sorprendido, no atinó a contestar.
Repuesto, empezó a hablar, tratando de vencer la turbación del niño; lo logró y, a los pocos minutos, charlaban como viejos amigos.
Durante más de una hora escalaron la montaña. En un recodo del camino apareció ante su vista el puentecito; con paso firme comenzaron a cruzarlo, conversando animadamente.
Al llegar al medio, con lágrimas en los ojos, lo abrazó.
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